La intensa simplicidad

“Siete crónicas secretas” (por Gabriel Cabrejas)

El espectáculo es sencillo. Y en eso radica su humilde grandeza, el acto de convertir en cotidianas las experiencias extraordinarias, de las increíbles a las reales, y de las rememoradas a las fantásticas. Esto es Latinoamérica y no le pidamos razonabilidad cartesiana, sino épica de los sentimientos, lo inconcebible detrás de la puerta narrado con dramática naturalidad. Y al revés, lo adoptado de la realidad como si fuera un retazo de mitología.

Luis Caro es demasiado conocido para derramar elogios o rebobinar su historia. Sin embargo, su obra es indisociable de su vida, o sea, esa larga secuencia de alegrías y penurias de un hombre cuyo devenir se torció a rumbos que no esperaba: tal el argumento de sus canciones, la explicación de su plantarse de un modo en el presente, y ahora, la carne y la sangre de una puesta en escena difícil de clasificar. Imprevisible como lo fue su andar a través de América Latina una vez que otros decidieron por él —la última dictadura, sin ir más cerca—, Siete crónicas secretas respira el aliento de ese pasado de artista exiliado y comprometido siempre; enlazar recuerdos narrados a relatos de otros, y quien no mira el programa podría adjudicárselos todos a él, no hace sino emparentar su espíritu a los poetas del subcontinente, apropiados en un acto de magia interpretativa.

Una trova mudéjar del siglo VIII empieza y descoloca. ¿Qué esperamos? Hay un atril, un taburete, un perchero con espejo, una mesa y una silla. La guitarra acaba de desenfundarse. Reduce a tres páginas imprescindibles La mamá de Ernesto, de Abelardo Castillo. Caro simplemente lee los renglones sentado a la mesa. Después canta Luz de luna, de Álvaro Carrillo, y cuenta El alcalde, un recuerdo de Lima, de cuando había toque de queda allí y aquí desaparecían sus amigos. Debo aclarar, Siete crónicas se enriquece si uno ha leído Morales Moralitos, su álbum de hechos y personajes (2012), del cual surge El alcalde. Aunque es el único extractado de allí y dramatizado, Caro se abre como un artista integral a quien, para conocerlo, es mejor apelar al intertexto escrito y volver al unipersonal en presencia. Todos se nutren mutuamente en un loop narrativo-visual, y termina de redondearlo la alternancia de los temas musicales, que, también, se adecuan y ensamblan tan bien al conjunto que parecen todos suyos.

Difícil de clasificar significa que, en un unipersonal, un actor suele hablar de sí mismo utilizando a personajes ajenos a él. Caro prefiere el reverso, hablar de personajes inolvidables a través de él. Las manos hechas títeres, sobre El propietario de Roberto Espina, es un homenaje a las marionetas para adultos de Matías Rodríguez, compañero de aventuras, y otra vuelta de tuerca de recursos mínimos. En un espacio al ras del suelo, el actor está a sus anchas: se perdería todo efecto en un lugar más amplio que el auditorio superior de Cuatro Elementos. Se despliega además su capacidad de adaptador, y ahí van, como nacidos para su guitarra, García Lorca, Chabuca, Blades. Cada canción un puerto en su vida, una ilustración de lo anterior o lo venidero, o ambas cosas. De la crónica pura es el descubrimiento de la biografía del ladrón François Chiappe, asaltabancos francés que sufrió la tortura argentina y murió plácidamente en las sierras de La Falda. El gallo de oro, de Juan Rulfo, sintetizado a su expresión más cruda, y El tío Juan de Gelman y su pájaro inmortal, un canto a la libertad vestido de cuento infantil, cierran la obra, y aún falta el estribillo, no puedo mirar para otro lado, los párrafos de su disco de los 90, Living in the 5th world, cuando unos pocos, entre ellos él, descreíamos del primer mundo en el que, nos dijeron, habíamos entrado.

Paola Belfiore orientó a Luis Caro sobre el escenario, pero no necesitó mucho. Nuestro cantautor, en los 70 apodado Gardelín en los alrededores de la JotaPé, ya conocía el tablado de la mano de Gregorio Nachman. Escribir le sale tan arduamente fácil como cantar: el relato Vittorio, de Morales, es quizás el mejor cuento marplatense de todos los tiempos. Caro demuestra cuánto una vida intensamente vivida (sufrida, gozada, perdida y reencontrada), bajo la mirada de una inteligencia lúcida y una formación múltiple, puede fructificar en el unipersonal perfecto.

Una guitarra, un hombre, historias propias y apropiadas, una escena desnuda y la voz. De estos milagros hay pocos en el teatro. Sólo queda ir a verlo.

Gabriel Cabrejas

Diciembre 2017

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